Navarrete

Una villa medieval entre el Camino, el barro y el vino

Navarrete

Una villa medieval entre el Camino, el barro y el vino

A pocos kilómetros de Logroño, Navarrete se alza sobre las laderas del cerro Tedeón, en pleno Camino de Santiago Francés. Su casco histórico conserva el trazado de la antigua villa amurallada, con calles concéntricas, pasadizos, soportales y callejas que acompañan al peregrino mientras atraviesa la población.

El Camino recorre Navarrete por su arteria principal y ha condicionado durante siglos su crecimiento, su actividad económica y su identidad cultural. A esta herencia jacobea se suman dos elementos profundamente arraigados en el municipio: el cultivo de la vid y la elaboración artesanal de cerámica.

Una villa nacida en la frontera

Navarrete adquirió entidad jurídica en 1195, cuando Alfonso VIII de Castilla le concedió su fuero. Su fundación formó parte del proceso de consolidación del dominio castellano sobre La Rioja, en una zona fronteriza con el reino de Navarra.

La villa se organizó alrededor del cerro Tedeón, donde existieron un castillo y un recinto amurallado. Aunque estas defensas han desaparecido en gran medida, su huella continúa visible en la disposición de las calles, en los desniveles del casco histórico y en algunos de sus antiguos accesos.

El propio nombre de Navarrete se relaciona tradicionalmente con las voces vascas nafar, navarro, y ate, puerta o paso: una posible referencia a su condición de puerta hacia Navarra.

Navarrete y el Camino de Santiago

La situación de Navarrete entre Logroño y Nájera favoreció su desarrollo durante la Edad Media. Peregrinos, comerciantes y viajeros encontraban aquí alojamiento, asistencia y servicios antes de continuar hacia el oeste.

La entrada y salida del Camino permiten recorrer buena parte del casco histórico, atravesando las calles Mayor Baja y Mayor Alta. Casas blasonadas, bodegas, plazas, antiguos soportales y símbolos jacobeos recuerdan la importancia que alcanzó la villa gracias al tránsito de peregrinos.

En una de sus antiguas puertas, conocida como puerta de Santiago, permanece además la memoria del Apóstol como protector de quienes avanzaban hacia Compostela.

El Hospital de San Juan de Acre

Uno de los principales testimonios de la hospitalidad jacobea de Navarrete es el antiguo Hospital de San Juan de Acre, fundado en 1185 por María Ramírez.

El conjunto estuvo formado por hospital, albergue e iglesia y fue atendido por la Orden Militar y Hospitalaria de San Juan. Su función era ofrecer descanso y asistencia a los peregrinos que recorrían este tramo del Camino Francés.

Aunque el edificio terminó desapareciendo, todavía se conservan los restos de la cabecera de la iglesia. Su monumental portada románica fue desmontada y trasladada hasta la entrada del cementerio municipal, donde continúa siendo uno de los elementos más singulares del patrimonio local.

Entre la decoración de sus capiteles se representan escenas vinculadas a la peregrinación, como la conocida comida de los peregrinos, clara alusión a la función asistencial del antiguo hospital.

Patrimonio y casco histórico

Navarrete conserva un casco histórico declarado conjunto de interés cultural, organizado alrededor de la iglesia de Santa María de la Asunción.

El templo, iniciado en el siglo XVI, destaca por sus tres naves, su elevada torre y un gran retablo barroco dorado, considerado uno de los conjuntos más importantes de su género en La Rioja.

En torno a la iglesia se distribuyen plazas, palacios y calles adaptadas a la pendiente del cerro. Los denominados Certijos, levantados sobre antiguos tramos de muralla, y los Cocinos, estrechos pasajes que conducían a bodegas excavadas bajo las viviendas, aportan al núcleo antiguo una fisonomía especialmente reconocible.

La tradición alfarera

Navarrete es actualmente el principal centro alfarero de La Rioja y uno de los referentes históricos de la cerámica en el norte de España.

La calidad de sus arcillas favoreció durante siglos la aparición de numerosos talleres. Alfareros, aguadores, leñeros, comerciantes y otros oficios relacionados con el barro llegaron a constituir una parte esencial de la economía y de la vida cotidiana de la villa.

Aunque el sector ha evolucionado, la tradición continúa activa en talleres y alfarerías que combinan técnicas heredadas y creación contemporánea. La localidad celebra además la feria N.A.CE. – Navarrete, Alfarería y Cerámica de España, convertida en un importante espacio de encuentro para artesanos y creadores.

Este vínculo entre territorio, materia y conocimiento artesanal explica también la elección de Navarrete como una de las sedes de Trazas Vivas.

En Navarrete, el Camino atraviesa una villa modelada por el barro, el vino y la hospitalidad. Su antigua muralla, el Hospital de San Juan de Acre y sus alfarerías conservan siglos de memoria compartida.

Camino, paisaje y vida contemporánea

El entorno de Navarrete combina viñedos, tierras de cultivo y un paisaje modelado durante siglos por la actividad humana.

El vino, la cerámica y el Camino siguen siendo tres pilares de su identidad. Bodegas, alfarerías, alojamientos, comercios y espacios culturales mantienen vivo un municipio que ha sabido adaptar su patrimonio a las necesidades del presente.

Navarrete no es únicamente una parada entre Logroño y Nájera. Es una villa en la que la peregrinación, la artesanía y el paisaje forman parte de una misma historia.

INTERVENCIÓN

Navarrete: arte, cerámica y biodiversidad

En Navarrete, Lucía Loren desarrolla “Torres de Vida”, una intervención artística y medioambiental construida mediante un proceso de cocreación con la comunidad local.

El proyecto combina arte contemporáneo, tradición alfarera y conocimiento ambiental para diseñar y producir estructuras de cerámica destinadas a favorecer la biodiversidad.

Las piezas se conciben como pequeños dispositivos para la vida: sistemas de irrigación para plantas, refugios para insectos polinizadores y reptiles, bebederos y espacios capaces de ofrecer agua, protección o alimento a diferentes especies.

La intervención transforma la cerámica en una herramienta para cuidar el entorno y propone una nueva mirada sobre la relación entre el patrimonio artesanal de Navarrete y los retos ambientales del presente.

Un proyecto diseñado con la comunidad

El proceso comenzó con unas jornadas de presentación, diálogo y prototipado en las que Lucía Loren compartió con los participantes sus primeros dibujos e ideas.

A partir de esta propuesta inicial, vecinos y vecinas de Navarrete realizaron aportaciones, plantearon necesidades y colaboraron en el diseño de las distintas estructuras. Las ideas de la artista fueron evolucionando gracias al intercambio con la comunidad y al conocimiento de quienes habitan el municipio.

La primera fase incluyó dos líneas de trabajo: el diseño colectivo de torres de agua, pensadas como sistemas de irrigación para plantas, y la creación de prototipos de torres de biodiversidad destinadas a proporcionar refugio y agua a la fauna local.

Más de una veintena de jóvenes y adultos participaron en estos primeros talleres, confirmando la buena acogida de una propuesta que conecta creatividad, artesanía y cuidado del medio natural.

La tradición ceramista de Navarrete

La cerámica tiene una profunda vinculación histórica con Navarrete. El proyecto parte de este patrimonio para plantear una intervención contemporánea enraizada en los conocimientos y materiales del municipio.

La iniciativa cuenta con la colaboración del artesano alfarero José María “Chema” Olarte, de Academia Noble y Bizarro, que acompaña el desarrollo técnico y la producción de las piezas cerámicas.

Su participación permite trasladar los diseños y prototipos surgidos durante los talleres a objetos resistentes y funcionales, combinando la experiencia artesanal con las propuestas de la artista y de la comunidad.

El proceso continuará durante julio y agosto con nuevos encuentros participativos para modelar, producir y preparar las piezas que compondrán la instalación final.

Conocer para proteger

La creación de “Torres de Vida” incorpora también una fase de conocimiento del ecosistema local.

El naturalista Andrés Garzón participa en el proyecto aportando información sobre la biodiversidad de La Rioja y sobre las necesidades concretas de las especies que podrían utilizar las estructuras.

Este asesoramiento permite que las piezas no sean únicamente esculturas decorativas. Sus formas, dimensiones y aperturas se diseñan teniendo en cuenta a los animales y plantas a los que pretenden servir.

La instalación pone de manifiesto que el cuidado del paisaje comienza por observar y reconocer las múltiples formas de vida que lo componen.

Torres de agua

Una de las tipologías desarrolladas dentro del proyecto son las torres de agua, concebidas como sistemas cerámicos de irrigación.

Estas piezas permiten almacenar y liberar lentamente el agua junto a las plantas, favoreciendo un uso más eficiente de este recurso. Su funcionamiento recupera principios presentes en distintos sistemas tradicionales de riego y los adapta a una instalación artística contemporánea.

Las torres hacen visible la importancia del agua en la configuración del paisaje y recuerdan que su disponibilidad condiciona la vida de plantas, animales y comunidades humanas.

Refugios para la biodiversidad

La segunda línea de trabajo se centra en las propias Torres de Vida: estructuras pensadas como pequeños hábitats para insectos polinizadores, reptiles y otras especies.

Sus cavidades, aperturas y superficies proporcionan lugares de descanso, refugio, reproducción o acceso al agua. La instalación genera así una red de microespacios que pueden contribuir a enriquecer la biodiversidad del entorno.

La obra propone dejar de observar el paisaje únicamente desde la perspectiva humana. Cada pieza recuerda que compartimos el territorio con numerosas especies y que nuestras decisiones pueden facilitar o dificultar su supervivencia.

Una instalación en proceso

“Torres de Vida” es una obra que se construye a lo largo del tiempo.

Tras las jornadas iniciales de diseño y prototipado, el proyecto continúa con los talleres de producción cerámica y con la elaboración de las piezas que formarán parte de la instalación definitiva.

Este carácter progresivo permite documentar todas las etapas: la conversación inicial, la aparición de las primeras ideas, el trabajo con el barro, la cocción, la instalación y, finalmente, la incorporación de las piezas al paisaje.

La obra no finalizará completamente en el momento de su colocación. Seguirá evolucionando cuando las plantas crezcan y los animales comiencen a utilizar sus refugios, bebederos y espacios de protección.

El arte como infraestructura de cuidado

La propuesta de Lucía Loren muestra cómo el arte puede contribuir de forma concreta al cuidado del territorio.

Las piezas poseen un valor escultórico y visual, pero también cumplen funciones ambientales. Almacenan agua, protegen plantas, ofrecen refugio y hacen visible la red de interdependencias que sostiene la vida.

La intervención conecta el patrimonio cerámico de Navarrete con una visión contemporánea de la sostenibilidad. Tradición, creatividad y conocimiento científico se unen para construir una obra que pertenece tanto a la comunidad como al ecosistema en el que se integra.

“Torres de Vida” convierte la cerámica de Navarrete en refugio, agua y alimento para otras especies. Una obra construida con la comunidad para cuidar la red de vida que compartimos.