Triacastela

Final de etapa desde el Códice Calixtino

Triacastela

Final de etapa desde el Códice Calixtino

Situada en un valle rodeado por las montañas orientales de Galicia, Triacastela es una de las localidades más estrechamente vinculadas a la historia del Camino de Santiago Francés. Después del descenso desde las alturas de O Cebreiro y el alto do Poio, la villa ofrece al peregrino un espacio de descanso, acogida y encuentro antes de continuar hacia Sarria.

Su relación con la ruta jacobea está documentada desde la Edad Media. El Códice Calixtino la menciona como final de la undécima etapa del Camino y como punto de partida de la penúltima jornada antes de alcanzar Compostela. La actual villa fue impulsada y repoblada por Alfonso IX en 1228, bajo el nombre de Vilanova de Triacastela.

El propio topónimo parece hacer referencia a tres antiguos castillos o a los castros que rodean el valle. Esta larga ocupación del territorio se remonta mucho más atrás: en la cercana Cova Eirós se han encontrado restos de neandertales y sapiens, así como las primeras manifestaciones de arte rupestre conocidas en Galicia.

Triacastela y el Camino

La historia del municipio se ha construido alrededor del paso de peregrinos. Su trazado urbano, alargado y organizado en torno a la ruta, conserva la huella de antiguos hospitales, mesones, herrerías y establecimientos dedicados a atender a los caminantes.

Una de sus tradiciones jacobeas más singulares recuerda que los peregrinos recogían en los montes próximos una piedra caliza y la transportaban hasta los hornos de Castañeda, cerca de Santiago. Allí se transformaba en la cal utilizada en las obras de la catedral compostelana. De este modo, cada caminante contribuía simbólicamente a la construcción del santuario del Apóstol.

A la salida de la villa, el Camino se divide en dos variantes oficiales. Una continúa por A Balsa y San Xil, entre aldeas y paisajes de montaña; la otra se dirige hacia Samos, permitiendo visitar su histórico monasterio antes de llegar a Sarria.

Desde la Edad Media, Triacastela recibe al peregrino después del descenso de O Cebreiro y le ofrece dos caminos para continuar hacia Santiago: por San Xil o por el monasterio de Samos.

Patrimonio y paisaje

Entre los principales testimonios de su pasado destaca la iglesia de Santiago de Triacastela, de origen tardorrománico, cuyo ábside conserva la estructura medieval.

En su interior sobresale una imagen de Santiago peregrino, símbolo de la profunda identidad jacobea de la localidad.

El patrimonio se completa con antiguos hospitales y mesones de peregrinos, la Casa da Ponte —que fue herrería y alojamiento—, iglesias rurales, capillas y núcleos tradicionales integrados en un paisaje de prados, bosques, ríos y montañas.

Triacastela continúa siendo hoy un lugar de llegada y de partida. Un municipio en el que el Camino no es únicamente una ruta histórica, sino una presencia cotidiana que sigue dando forma a su vida, su economía y su identidad cultural.

INTERVENCIÓN

Triacastela: pan, lana y memoria compartida

En Triacastela, Silvia García González propone un proceso de creación colectiva centrado en dos elementos profundamente ligados a la historia y a la vida cotidiana del municipio: el pan y la lana.

Ambos materiales permiten recuperar conocimientos transmitidos durante generaciones. La elaboración doméstica del pan, el cultivo del cereal, el uso de los hornos comunales, el trabajo de la lana y la memoria de los telares forman parte de un patrimonio cotidiano que ha experimentado una rápida transformación durante las últimas décadas.

La intervención invita a niños, mayores, vecinos y peregrinos a reflexionar sobre esos saberes, recuperarlos mediante conversaciones familiares y convertirlos en materia artística. El objetivo no es únicamente recordar cómo se hacían las cosas, sino reconocer el valor cultural de unas prácticas que ayudaron a construir la identidad del territorio.

El colegio como punto de partida

La intervención comenzó en el CEIP Eduardo Cela de Triacastela, donde la artista trabajó con el alumnado en torno a la transmisión de conocimientos entre generaciones.

Durante el primer taller, los niños y niñas exploraron la importancia del cereal y del pan en la vida de las familias, conocieron la memoria de los telares y participaron en la creación de letras elaboradas con pan y de una pieza realizada con lana.

La actividad propuso mirar de otra manera los materiales próximos y cotidianos, demostrando que aquello que forma parte de la vida diaria también puede convertirse en un recurso artístico y en una puerta de entrada a la memoria colectiva.

El alumnado participa además como transmisor de historias. A través de conversaciones con sus familias, recupera recuerdos y conocimientos relacionados con la elaboración del pan, el trabajo de la lana, el lino y los antiguos modos de vida de Triacastela.

Activar lo que pertenece a la comunidad

El proyecto continúa en un edificio público situado junto al albergue de peregrinos, donde se conservan un horno y varios telares tradicionales.

La propuesta contempla volver a poner en funcionamiento el horno para cocer pan y celebrar una merienda comunitaria. Los telares se incorporan también al proceso creativo como testimonio de un conocimiento artesanal que durante generaciones estuvo especialmente ligado al trabajo de las mujeres.

La intervención parte de una idea fundamental: trabajar con aquello que pertenece a la comunidad. El horno, los telares, la lana, el cereal, las historias familiares y la presencia del Camino se convierten así en elementos de una obra construida entre muchas personas.

Tradición, creación contemporánea y paisaje

La propuesta de Silvia García González establece un diálogo entre los saberes tradicionales y las formas de creación contemporánea.

El pan y la lana no aparecen únicamente como materiales físicos. Son también portadores de historias, gestos, experiencias y relaciones comunitarias. A través de ellos, la artista aborda cuestiones como la transmisión intergeneracional, la memoria de los trabajos domésticos, la pérdida de determinados conocimientos y la necesidad de reconocer el valor cultural de lo cotidiano.

La intervención incorpora además la dimensión efímera del arte. Las piezas, los encuentros y los talleres forman parte de un proceso vivo cuyo principal resultado no es solo un objeto final, sino también las conversaciones, los aprendizajes y los vínculos generados durante su desarrollo.

En un municipio estrechamente unido al Camino de Santiago, el proyecto suma también la mirada de los peregrinos y convierte Triacastela en un lugar de encuentro entre memoria local, creación artística y experiencia compartida.